Valoración del Acuerdo UE-EE. UU. en la Coyuntura Geopolítica (Julio 2025)

Von der Leyen y Donald Trump

La coyuntura geopolítica de este verano de 2025 está marcada por dos cuestiones contradictorias entre sí.

Por una parte, se constata que Trump no ha logrado hacer fracasar la Cumbre BRICS de Brasil ni mantener el pulso en su enfrentamiento arancelario con China. Tras las primeras embestidas del presidente estadounidense, las exigencias se han reducido hasta aceptar un acuerdo satisfactorio para una China que sale fortalecida por el avance del multilateralismo en la Cumbre BRICS.

Por otra parte, con un resultado muy diferente, se celebró la reunión entre el presidente de EE. UU. y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien aceptó someterse a las presiones de EE. UU..

Este acuerdo entierra cualquier proyecto de autonomía estratégica para la UE en política exterior, decantando en favor del presidente Trump, las tensiones abiertas entre ambas instituciones tras las primeras medidas del presidente estadounidense, en las que anunciaba una ofensiva arancelaria y exigía un mayor gasto militar a los socios europeos de la OTAN.

El acuerdo fija un arancel medio del 15% para los productos europeos en el mercado de EE. UU.. Además, compromete a la Unión Europea a comprar 750.000 millones de dólares en energía (petróleo, gas, combustible nuclear) y a realizar 600.000 millones de dólares en inversión adicional en EE. UU., principalmente en equipo militar.

Para entender el alcance político de este acuerdo, debemos situarnos al inicio del mandato de Trump. En ese momento, Trump anunció importantes subidas arancelarias y coqueteó con Putin sobre una posible retirada de EE. UU. de la guerra en Ucrania.

Esta posición de EEUU que rompía las políticas mantenidas por Biden, provocó una reacción en Europa que se concretó en la Cumbre de Londres celebrada en marzo de 2025. Aunque ahora nadie habla de este encuentro, en su momento fue presentado por los medios de comunicación como de gran importancia porque planteaba un compromiso de Canadá, Reino Unido y la UE para hacer frente colectivamente a las presiones de Trump y fortalecer el pilar europeo de la OTAN. Se hablo de una anunciada autonomía estratégica de Europa en política internacional.

Estas dos posiciones parecían anunciar una confrontación entre dos modelos desde los que el capitalismo intentaba afrontar su pérdida de iniciativa frente a los países emergentes. Por un lado, el modelo neoliberal, definido en la directiva de Seguridad de EE. UU. publicada por Biden, que defendía una gran alianza del Norte Global liderada por EE. UU. Y por otro lado, el modelo nacional-capitalista, definido por Trump en su campaña electoral definid el lema "EE. UU. primero".

En ese contexto, cuando Trump decretó una tregua de 90 días para definir finalmente su posición, señalamos que ese plazo no era casual, ya que respondía al tiempo que faltaba para la celebración de la Cumbre de la OTAN en junio de 2025 y que, por lo tanto, lo que ocurriera en esos tres meses sería importante para valorar cómo evolucionaba la correlación de fuerzas en el seno del Norte Global.

Sin embargo, en ese momento no fuimos capaces de prever la poca resistencia que el capitalismo neoliberal de base globalista, representado en la Cumbre de Londres, ofrecería ante la acometida de Donald Trump y su nacional-capitalismo. No valoramos como aquellos que habían intentado construir, desde el tratado de Maastricht, una Unión Europea de carácter neoliberal, con tremendos déficits democráticos y una asimetría insolidaria al servicio del capital multinacional, traicionarían su propio proyecto y se rendirían sin ofrecer resistencia ante el capital nacional estadounidense.

Esta rendición se ha escenificado en tres actos: la Cumbre de la OTAN, la Cumbre UE-China y la Cumbre UE-D. Trump. En estos tres encuentros, la UE, por un lado, asume el compromiso de fortalecer el capital estadounidense mediante una transferencia de recursos de los presupuestos de los estados europeos a la industria de EE. UU..

Por otro lado, entierra el acuerdo de Asociación Estratégica entre la UE y China, lo que significa avanzar en la desconexión con este país, renunciando a una diversificación de sus relaciones económicas y comerciales que podría ser beneficiosa para ayudar a los pueblos europeos porque les permitiría resistir las consecuencias de las crisis que se arrastran desde hace décadas.

Si a esta rendición de la UE ante las presiones de Trump se suman el desprecio con el que se trata en Europa el desarrollo de la Alianza BRICS, la pasividad con la que se contempla el genocidio del pueblo palestino o la escasa respuesta que ha tenido el fortalecimiento de las medidas de bloqueo y coercitivas contra Cuba (que vulneran el derecho internacional y perjudican los intereses de empresas europeas), se dibuja un escenario de total sumisión del capital neoliberal internacional al capital nacional de EE. UU..

En definitiva, en menos de un mes se ha certificado una rendición de la UE a los intereses del nacional-capitalismo estadounidense que se escenifica incluso visualmente en la foto de una Ursula von der Leyen que se desplaza para la reunión al club de golf Turnberry, propiedad del propio Trump, para fotografiarse en actitud sumisa.

El argumento dado por la propia Ursula von der Leyen para justificar esta rendición, que causará un grave daño a la economía de la UE con perjuicios directos sobre la clase trabajadora y los sectores populares que verán cómo su calidad de vida sigue deteriorándose, ha sido que es mejor tener un mal acuerdo con Trump que mantener abierto un conflicto con EE. UU..

Este argumento supone un grave error estratégico, de las mismas consecuencias que pudo tener el Acuerdo de Múnich de 1938, cuando las potencias europeas de aquel momento creyeron frenar a Hitler aceptando sus condiciones expansionistas.

Hoy, como ayer, parece que los representantes de los países europeos no entienden o no quieren entender que el fascismo es por naturaleza expansivo y excluyente, por lo que nunca se considerará satisfecho hasta conseguir, por una vía u otra, un dominio pleno que le permita controlar en beneficio propio las riquezas materiales y los recursos naturales de todo el planeta.

Con esta decisión de la UE, no solo se perjudican en lo inmediato los intereses de Europa, sino que se dan pasos para fortalecer el fascismo que hoy representa el nacional-capitalismo de Trump, habiendo renunciado a cualquier tipo de autonomía estratégica de la UE en su política exterior.

Trump ha logrado en un solo movimiento, someter a la UE, y fortalecer a la industria de EE. UU. al conseguir una transferencia de capital europeo.

Pero al mismo tiempo, Trump ha constatado que hoy por hoy no tiene capacidad para una confrontación exitosa directa con China.

En este escenario, es de suponer que Trump tratará de fortalecer su posición acumulando fuerzas y ampliando su área de influencia. Para ello, es previsible que centre su acción en endurecer aun más,  su agresividad hacia América Latina, para alcanzar un control total sobre esta región e integrarla como su área de influencia en el desarrollo de la estrategia de Guerra Fría.

Esto le permitiría acumular la fortaleza que hoy no tiene para confrontar directamente con China, su verdadero objetivo, en la medida que la considera el mayor obstáculo en su afán por recuperar el carácter de potencia hegemónica mundial para los EE. UU. en un orden mundial unipolar.

Esta conclusión nos lleva a plantear que América y el Caribe pueden ser en los próximos meses la mayor zona de tensión geopolítica.

Analizada la situación, la cuestión es contestar a la clásica preguntas del ¿Qué hacer?

Para poder responder con ciertas garantías a esta pregunta, lo primero es tomar conciencia del carácter internacional del fascismo actual sustentado en alianzas como el "Foro de Madrid", en el que se encuentran personajes Trump, Abascal, Meloni, Milei, Bolsonaro, etc., para configurar una verdadera "internacional negra" que se presenta como la antítesis del Foro de Sao Paulo.

A partir de esta constatación, se desprende que la respuesta no puede ser ni local ni regional, sino que debe ser global y que solo se puede dar respuesta a un enemigo tan poderoso desde la construcción de amplias alianzas capaces de sumar las fuerzas suficientes para tener la capacidad de disputarle la hegemonía ideológica, social, cultural e institucional, nada nuevo en la historia.

En el primer tercio del siglo XX, la Tercera Internacional planteó la estrategia de Frente Popular para combatir al fascismo, pero la falta de unidad de las fuerzas democráticas facilitó la consolidación del fascismo en Italia y del nazismo en Alemania.

Hoy, debemos aprender de la historia y ser conscientes de que el momento histórico que vivimos reclama superar los tacticismos cortoplacistas, los personalismos y los sectarismos, para que sea posible construir la más amplia alianza social y política. En consecuencia, el reto está en ser capaces, a todos los niveles, desde el local al internacional, de construir esas amplias alianzas, con base en un programa común de defensa de una democracia socialmente avanzada.

Solo desde es cooperación entre las fuerzas antifascistas se puede transmitir una perspectiva de futuro, a una amplia mayoría social que hoy sufre, en su vida diaria, las consecuencias del fracaso de la globalización neoliberal y está siendo objetivo de los cantos de sirena del fascismo.

En este objetivo de plantar cara al fascismo, la izquierda europea debería ser consciente de que es necesario plantear una alternativa al modelo de integración europea de características neoliberales, autoritarias e insolidarias.

Se debe presentar una alternativa de integración europea con un modelo plenamente democrático, socialmente avanzado, equilibrado en el respeto a las soberanías nacionales, que entierre el patriarcado y asegure la sostenibilidad medioambiental, con un modelo de seguridad humana integral.

Una integración europea con una autonomía estratégica en su política internacional, que combata activamente el genocidio que Israel está cometiendo contra el pueblo palestino y que rompa el bloqueo que castiga injusta e ilegalmente a Cuba y a otros países que no se someten a los intereses de EE. UU..

Una integración europea que le permita ser un pilar importante en la construcción de un orden internacional multilateral, en el que no existan potencias hegemónicas que impongan medidas coercitivas a los países que no se someten a sus intereses y contemple una refundación de los organismos internacionales (FMI, BC, ONU y sus agencias) para que realmente cumplan los objetivos de ser instrumentos que permitan avanzar hacia un futuro de paz y progreso compartido por toda la humanidad en armonía con la naturaleza.

Una Europa que sea capaz de integrar las diferentes culturas y características sociales existentes en su seno, mediante un sistema de seguridad humana integral y de carácter global que permita detraer gran parte de los recursos que hoy se destinan a gastos militares para incrementar los gastos sociales y de solidaridad internacional.

Es el momento de que la izquierda europea entienda que debe enterrar cualquier resto de eurocentrismo y abanderar un internacionalismo que comprenda la necesidad de colaborar con todas aquellas fuerzas que hoy sufren las agresiones del imperialismo. De manera muy concreta, debe dar prioridad a evitar que Trump pueda controlar América Latina y el Caribe, elaborando para el último semestre de 2025 y el año 2026, un plan que combine la defensa activa de los gobiernos que sufren bloqueos y medidas injerencistas de EE. UU. con el apoyo a las fuerzas progresistas que van a disputar procesos electorales. El futuro de la lucha antifascista puede jugarse en los próximos meses en América Latina y el Caribe.

En este sentido de activar la lucha frente al fascismo, hay que señalar positivamente cómo en estos meses de junio y julio, la celebración de la Contracumbre de La Haya, el movimiento que se articula en torno a la campaña "Stop ReArme" y el Foro Internacional por la Paz que se reunió en Bruselas, demuestran que existe la posibilidad de construir un amplio y plural movimiento de respuesta a la ofensiva imperialista de carácter fascista.

En este momento, el objetivo está en ser capaces de transformar en movilización esa energía acumulada para pasar del debate a la acción.

De manera concreta, el próximo 21 de septiembre, Día Mundial de la Paz de las Naciones Unidas, es una oportunidad para mostrar a los pueblos de todo el mundo que existe esa voluntad de lucha y de resistencia. El llamamiento en este sentido realizado por el Foro Internacional por la Paz, celebrado a finales de junio en Bruselas, debe ser valorado y tenido en cuenta.

Al mismo tiempo, el Foro de Fuerzas Verdes y Progresistas de la Izquierda Europea, que se celebrará en Viena a finales del mes de octubre, debe ser aprovechado como una posibilidad de avanzar en el intercambio de ideas, proyectos y acciones entre quienes, desde diversos ámbitos, podemos configurar la más amplia alianza antifascista.

Finalmente, es necesario saber aprovechar eventos programados en el último trimestre de 2025, como el encuentro de revistas de izquierda previsto en Cuba, para seguir avanzando en el objetivo de sumar fuerzas hasta conseguir tener la capacidad de disputar la hegemonía cultural, social, política e institucional, en favor de los intereses de la clase obrera y las capas populares.

El reto está sobre la mesa. Corresponde a las fuerzas sociales y políticas ser conscientes de la responsabilidad histórica que tenemos y dar una respuesta positiva.

6 de agosto de 2025

José Luis Centella
Responsable de Análisis Geopolíticos